El enfado como forma de salvación

En el parque, el otro día:
¡Toni!¡¡¡ A ver si me voy a enfadar!!!

…un padre se dirigía a su hijo de esta guisa, sin darse cuenta que se encontraba ya alterado, soltando su ira a través del grito de su voz y de su cuerpo crispado.

Creo que los españoles tenemos la costumbre de decir que estamos enfadados cuando hemos sobrepasado los límites del enfado y hemos entrado en el ataque de ira, rabia o cólera. El enfado no es eso, no es dar gritos como posesos, no es amenazar a los niños o a los que creemos o sentimos débiles. Es poder, desde la mayor o menor tranquilidad, expresar lo que sentimos a quien corresponda.

Solemos sentir el enfado cuando se ha cometido algún tipo de injusticia o abuso o se han pasado nuestros límites. Y esto lo pueden hacer los demás o incluso yo mismo, por ejemplo, si me comprometo a cumplir con algo que no consigo realizar (Me apunto a un gimnasio y no voy casi nunca). Es curioso que, habitualmente, el enfado lo proyectamos en los demás, o contra “las circunstancias” y raramente lo hacemos nuestro, … no es fácil que lo queramos sentir nuestro.

Estás enfadad@, le digo a un coachee y automáticamente responde: ¿Yo? ¡¡¡Que va!!! Y cuando me pide explicaciones de por qué lo digo, insisto en  que se de cuenta de cómo se encuentra irritado. El cliente suele decir que no es lo mismo, que el no está en ese estado y fuerza una sonrisa que en ocasiones se transforma en mueca. Una irritación es un enfado leve en el sentido emocional, le explico. Pero no está de acuerdo en que eso sea un enfado, e insiste: es algo habitual, no un enfado. Además ¿cómo lo sabes?. Entonces le explico que su voz se ha metalizado o enfriado, que ha cambiado el eje de su cabeza para mostrar algo de desafío. Que posiblemente no se haya dado cuenta de que algún músculo de su cuerpo se ha tensado o de que su circulación ha variado el ritmo. Todo consecuencia de la descarga de un neurotransmisor que se ha activado en su cerebro ante mi estimulo de la sesión cuando le he dicho algo que le molestó.

* LA IRA copia

La famosa frase de Aristóteles ilustra sobremanera el recurso de la Inteligencia Emocional: “Enfadarse es fácil, lo que no es fácil es enfadarse con la persona correcta, en el momento oportuno y con la dosis justa”. Y nuestro hábito es achacar a los demás nuestro malhumor o nuestra alegría: “Me enfada Fulano”, “es que Mengana me irrita” o incluso (aunque si que influye y no es determinante) culpabilizamos al tiempo de nuestros enojos, como si el hecho de que lloviera fuera motivo para sentirnos ofendidos.

El enfado pide ser expresado, si no se convierte en una carga emocional y, de tanto guardarlo, termina por estallar de la forma menos adecuada. El enfado pide poner límites, decir “no” a quién corresponda o reclamar justicia. Ser asertivo.

Los padres que no ponen límites a edad temprana a sus hijos se encuentran con adolescentes y jóvenes llenos de rabia descontrolada que, como bumeranes, se vuelve contra ellos. Decir “no” a los hijos, con compresión y amor, permite que sepan repetirlo cuando crezcan y alguien traspase sus limites. Comunicar la molestia, la irritación en niveles bajos o leves de enfado, permite la reflexión, la conversación y el arreglo anterior al conflicto.

No “sabemos” que estamos enfadados para complacer. Aún de adultos todavía parece que necesitamos agradar y complacer a los padres que nos han inculcado que “los niñ@s no se enfadan”, por eso nosotros no lo hacemos, o mas bien, no lo reconocemos y aparece en nuestro rostro la mueca del niño-adulto “bueno” que termina por complacer a los demás antes que mostrar su irritación.

¡Y sería tan sano podernos dar cuenta de cómo son nuestros enfados! Los pequeños, cuando comienzan…, cuando aún podemos darnos cuenta de que podemos cambiarlos, de que podemos dar marcha atrás, y comunicarlos…

Nuestro hijo de tres años no tiene las grandes rabietas que veo en los demás y me gusta pensar que es debido a que le permitimos enfadarse, tanto en casa como en la calle. Es más, apoyamos su necesidad de comunicarlo a quien corresponda. Hace días, en una función de teatro donde los actores interpretaban el cuento votado por los niños, se enfadó soberanamente (como solo un niño sabe hacer, libre y sinceramente) al no ser elegida su propuesta y, tras la función, nos encargamos de encontrar a alguien que pudiera recibir su frustración: en este caso,  los propios actores… Lo maravilloso fue que durante la representación la disfrutó como el que más, aún con su enfado que no cejó hasta que lo soltó.

Quizá alguien esté pensando que esto es una exageración, que “no merece la pena tanto esfuerzo”,  o  que los niños manipulan o chantajean…, o que ya se le pasará… Y ¿ es que a los adultos se nos pasan los enfados que no soltamos cuando los sentimos? ¿No será más bien al contrario? ¿Que nuestros enfados se acumulan y los descargamos con quien menos lo merece, o se convierten en enfermedades a las que no solemos mirar de frente, o simplemente nos narcotizamos…?

Y hoy mismo ¿cuánto padres permitimos que nuestros hijos se enfaden en público o en privado?

Una parte de mi proceso de madurez y de aceptación de mi mismo ha consistido en aceptar mis enfados de forma natural. No sólo aceptarlos, sino expresarlos públicamente. En ocasiones, en mis sesiones o talleres hay situaciones que me enfadan, no así las personas (que no lo buscan a propósito), sino un determinado comportamiento (como la inacción o la insensibilidad), entonces dejo que aparezca mi enfado sobre la situación: Suelto una palabra malsonante o aumento el tono de voz o dejo que mi cuerpo se tense y destense con un gasto de energía…  porque, seamos sinceros, descargar el enfado ¡¡¡nos hace sentirnos tan bien!!! Todo esto me acerca a mi libertad emocional y me acerca más aún a los demás.

… y aún me asusto sobre las posibles consecuencias de mi libertad, sobre cómo van a responder los otros… ¡Tan fuerte es mi legado educacional!

Crecer en el enfado

Crecer en el enfado


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