El miedo al silencio

Madrid, 23 de septiembre, Teatro Español. Obra: Todos eran mis hijos, de Arthur Miller.

Un clásico del Naturalismo, un clasico del siglo XX, vamos, un clásico. No hay que perdérselo

Fuí a verlo con el recuerdo de un genial Agustín González en 1988 y creo que desde entonces no se representaba la obra en Madrid. Hoy su personaje lo interpreta un siempre-eterno Carlos Hipólito y el de Berta Riaza en los 80, Gloria Muñoz hoy. Y siempre recordaré a Agustín González de espaldas al espectador comunicando con la espalda y sus manos toda la emoción contenida del personaje durante un eterno silencio: Era estremecedor.

Hoy no es lo mismo. A la entrada ya me preocupó que me dijera el portero que la pieza se representaba en hora y media y me pregúnté si habían acortado el texto tanto como para que durara tan poco, luego pensé que no, que tenía que ver con la dirección. Aunque la obra permanece intacta y los espectadores se siguen emocionando con las vicisitudes de la familia Keller y sus allegados, algo ha cambiado entre estos dos montajes…  ¿podría ser el tiempo que ha pasado entre ellos? ¿puede ser el tipo de sociedad que hemos construido o nuestro ritmo al vivir la vida?

Yo creo que también es el miedo al silencio, al silencio revelador, al silencio de la genuina comunicación.

En 1988, Lorenzo López Sancho, a la sazón crítico de teatro del ABC, escribía lo siguiente: “García Moreno, gran director de actores, ha reconstruido con exacta medida del tempo dramático la pieza de relojería psicológica construída por Miller. Concede al delicado primer acto la calma que está en la mente del autor. es necesario el puntillismo en que los personajes se autodefinen para que en el cuadro de calma y bienestar, la primera alusión al crimen, produzca un sobresalto al espectador. Es imprescindible la lentitud en el hermoso tercer acto para que los sentimientos maduren […]”

Sorprendentemente, en el montaje de Claudio Tolcachir, toda quietud y transiciones humanas han desaparecido. Cuando salí del teatro me parecía haber vivido un drama mediterráneo donde la “mamma”  grita, y el resto de la familia hace lo que puede por gritar más para que les ¡escuchen!

Nuestra cultura tiene pánico al silencio, es una cultura de bar, de monólogos gritados con ruido de fondo y cuanto más ruido hagamos más a gusto nos sentimos.  Se trata de nuestro barroco “horror vacui”  por no descubrirnos solos con nosotros mismos en el silencio. Nuestro hábito de vivir en la superficie, de vivir superficialmente insatisfechos, desconectados de nuestro interior. Aunque duela; es más cómodo no  pararnos y vernos por dentro.

Y es esto lo que veo en el montaje de la obra de Miller en el montaje de Madrid: Superficialidad, falta de densidad, humor facilón, personajes blandos o mejor dicho bidimensionales, ligereza (¡que bonita palabra!) y una gran huida del dolor de unos personajes que tienen la conciencia adomercida, por no decir enterrada y a los que, como Edipo, la Verdad les catapulta a la tragedia.

Como no podía ser de otra forma, la crítica de hoy refleja lo que el montaje muestra: “En Todos eran mis hijos se advierte un optimismo que Miller perdió acaso con el tiempo y la experiencia”, escribe Javier Vallejo en EL PAÍS: “En la adaptación de Claudio Tolcachir, el original de Miller se resume en hora y media vivísima, durante la cual los personajes van pisándose las réplicas y solapando diálogos […]y como sucede también en la vida real: se agradece esa frescura. […] A falta de peso dramático, Fran Perea y Manuela Velasco, la pareja de jóvenes enamorados, tienen frescura, encanto y química entre ellos.”

Poco más que decir. Si la obra es optimista es porque no vemos más allá de nuestro placer más inmediato.

Y otro día hablaremos de cómo hablan los actores españoles en escena o en el cine, de su “naturalidad”.

Los videos rescatados pertenecen a una compañía de Boston, The Huntington Theatre Company, que tiene su  sede en la Universidad de Boston (BU), y  es dirigida por Peter DuBois. Están en inglés y, aún sin entender el idioma, se pueden observar, mejor dicho, escuchar los tempos dramáticos, los silencios, los procesos que todos los humanos necesitamos para comprender una idea, para entender una emoción, para explicar nuestros comportamientos y explicarnos a nosotros mismos.

Finalmente, cuando salí del teatro, me fuí a un bar de la Plaza de Santa Ana y me encontré con amigos y hablamos…


'El miedo al silencio' Hay 6 comentarios

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  1. 22/11/2010 @ 06:24 Tusca

    Hola querido,

    Yo creo que los españoles tenemos miedo al silencio, sí. Pero es algo que aprendemos desde pequeños. Aprendemos a sentirnos incómodos si hay más de un segundo de silencio y entiendo que alguien pueda catalogar de aburrida una obra que está plagada de silencios. Desde el silencio, como dice Punset, se puede conectar con lo más profundo de uno/a mismo/a y es bien sabido que no todo el mundo está dispuesto a hacerlo.

    A modo de anécdota, soy profesora de español y hace un tiempo una chica polaca me dijo que lo que más le sorprende de los españoles es que puedan hablar tanto y tanto sin parar, apenas sin respirar. No era muy consciente de ello y entonces empecé a mirarme, incluso me grabé… Y sí… me di pánico… pensé que si mi objetivo es que los estudiantes hablen y yo ocupo el 80% del espacio, ¿cómo van a desarrollar su competencia comunicativa? En clase hay que practicar la lengua para llevarla a la vida, y llevarla bien. Ahora trabajo con chinos y una de sus prioridades (y mías) es aprender a interrumpir a la gente (española) para decir la suya.
    Un abrazo

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  2. 05/11/2010 @ 07:58 B

    Hola.
    Me cuelo en tu blog sin conocerte y por casualidad. Me ha gustado mucho lo que dices sobre el miedo al silencio. Desde otro punto de vista, también Punset trata el tema: http://www.eduardpunset.es/8570/general/hablamos-en-exceso-y-no-escuchamos-lo-suficiente. Parece que últimamente somos “muchos” los que reflexionamos sobre la forma de comunicarnos en nuestra sociedad. Un saludo.

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  3. 04/10/2010 @ 13:50 Luis Dorrego

    Hola Cristina,

    ve a verla, claro y así podemos matizar y compartir nuestros puntos de vista.

    Insisto en que la obra es excelente, y eso hace que funcione por encima de la producicón.

    Y muchas gracias de nuevo por alentar la e scritura de este blog!!!

    Abrazos,
    Luis

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  4. 04/10/2010 @ 11:18 Cristina Regueira

    Hola, tengo muchas ganas de verla, no sé porque hay algo que me dice que voy a coincidir contigo.
    Creo que entre nosotros a veces cuando el mensaje de una obra coinciden de alguna manera con las circunstancias que vivimos y nos identificamos se nos olvidan otras cosas.
    Si, pienso que no nos damos el tiempo que se debe al trabajo, a respirarlo, a escucharlo, ya sea porque la obra lo requiere o en el proceso de cualquier otra.
    De cualquier forma gracias por este detallada crítica y opinión, contrastando con otras críticas que casi nunca ayudan desde la sinceridad y la comprensión únicamente venden o echan por tierra el trabajo de unos u otros.
    Un saludo, Cristina.
    La mayoría de comentarios que me han llegado son positivos.

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  5. 26/09/2010 @ 16:36 Petra

    gracias Luis por la reflexión, solo añadir que todos tenemos prisa porque no queremos escuchar muchas veces las réplicas. Pero es un sinsentido que en teatro esto se produzca, ellos se pueden permitir escuchar, pero quizás ya lo olvidaron.

    Como ya te comenté me emocioné, era inevitable con ese texto , si bien al leerte tengo la impresión de que de no haber corrido tanto el montaje pues mi emoción hubiese escalado peldaños dando saltos como buscando a mi Maria 🙂 y hace falta Berstein

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    • 26/09/2010 @ 20:28 Luis Dorrego

      Gracias a ti, Petra.

      Volviendo al texto, a la obra le falta una hora por lo menos de texto. Así que, cuando puedas, la lees y comentamos.

      Un abrazo,
      Luis

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